La otra cara

cara

Del libro: Pétalo amargo
Autor: Jaime Ascencio

Se lanzó a la loca aventura de amar. La pena por la ruptura la sepultó en el jardín de su casa donde cada día desabrochan los pétalos las rosas. Su ánimo estaba mejor que nunca ese día. Cantó como ave de paraíso. Las hojas se habían derramado en el suelo en una lluvia interminable. Las habían verdes, maduras y secas; esqueletos quebradizos eran otras, cuyos restos soplaba el viento. Tomó una escobilla en sus manos y las barrió sin menor esfuerzo. El aliento del viento ayudaba. Dijo para sí: ¡Así será mi vida, quien sabe cuando, pero mientras no llega debo amar!… Continuó arrasando con los pelillos de su escoba las caídas. El crujir de dientes se escuchó en breve. Hechas un promontorio las prendió fuego, una lengua roja-amarilla se alzó sin ojos al cielo, miles de puntas se achicaban y al mismo tiempo se engrandecían. Después, un humo oscuro oloroso a hierba inundó el ambiente. El patio quedó limpio. Impávidos los árboles observaban el fin, no se atrevían a despeinarse más para no ver sufrir a sus socias. Se quedó exhalando el aroma. Recordó que el correo llegaba a las nueve. ¡Te espero a las siete donde siempre…! decía el mensaje envuelto en un papel blanco. Hizo el desayuno con premura, tapó los recipientes y marchó al baño. Abrió la llave de la ducha y dejó que cayeran las gotas a torrentes, cada una habría de contar su propia historia al resbalarse por aquel cuerpo dando fe de su lozanía y testimoniando que estaba en forma. La edad no la había doblegado, había vida, y en abundancia. Se perfumó, repartió las esencias con sus amplias manos por todos los rincones del cuerpo. Faltaban quince para las siete cuando partió. Esperó el autobús con impaciencia. Demoró tanto que al abordarlo restaban cinco para la hora prevista. Se las sabía todas por eso no le preocupó ver un rostro de enojo en quien la esperaba. Una monada femenina bastaría para tranquilizar. Qué tal un guiño de ojos y un movimiento sensual de la boca, reflexionó al tiempo que lo ensayaba. Pero era demasiada y vana su preocupación. Sentado en una banca del parque su hombre se extasiaba observando a los transeúntes, una gavilla de palomas había concluido su alimento y se disponían a surcar el cielo. El aleteo lo distrajo precisamente en dirección de donde aparecía ella. Un brillo en sus ojos se dibujó. Se puso en pie y caminó a su encuentro. Como todo caballero le tendió las manos, hizo suyas las de ella, las llenó de su calor corporal. Su primera pregunta fue:
_¡Pensé que no vendría usted!…
_¡El transporte venía lento! _dijo a manera de excusa. Se dirigieron a un comercio cercano del parque. Charlaron largo rato. En cuanto había miradas de alegría, otras de sorpresa, los labios de ella decían sentirse a gusto. De lejos y disimuladamente otros ojos la miraban. Había en ellos complacencia.
_¡Ah, mi mamá! -dijo la hija. Tiene derecho a rehacer su vida, después de todo es joven. Con sus actos y la fineza de los tratos hacia su madre se la había ganado aquel caballero. No dejó de sentir celos al saber lo dichosa que era. El hombre no estaba fuera de lugar para su vida. Disputarlo… fue una idea absurda que se cruzó por su mente. Pero tenía asidero. Con lo feliz que veía a su madre se daba cuenta que ésta no siempre lo trataba bien; a veces descuidaba las atenciones prestadas. Un ramillete de flores nunca faltaba en la mesa de cristal. ¿Por qué no? se interrogó. Ella podía suplir a su madre pero la idea fue sólo eso, abandonó la empresa… Allá por agosto se despidió de su hija y le dijo:
_¡Volveré más tarde!
_¡Madre y ya…!
_¡No!… Él es muy respetuoso, fíjate que hasta hoy ni siquiera un beso nos hemos dado… Sin más explicaciones y con total resolución se marchó con su amante a Honduras a pasar la luna de miel. En cuestión de días decidieron unir sus vidas. Era sin duda el hombre perfecto y así lo entendía también su hija. Esta no puso objeción alguna. Si era por la felicidad de su madre, bienvenido. Pasó el día uno, no hubo noticias pero sí interrogantes en su hija:
_¿cómo le irá?…me dijo que ni siquiera un beso, que era muy respetuoso… en realidad el hombre es maravilloso. Quien no quisiera un candidato así, para que la acompañe a una toda la vida. Enfrente tenía un espejo ancho, decorado los bordes con colochitos de plata, unos ángeles pegados en cada esquina parecían mirarla. Miraba con detenimiento sus facciones, los años transcurridos eran suficientes para decirse que era merecedora de un hombre igual, al que por pretendiente tenía su madre y que en pocas horas quizá, la habría de desposar. Su rostro alegre y distraído se compungió al recordar sus primeros años. Su rebeldía la llevó a abandonar el hogar a los diecisiete años. Puso el dedo donde debía pero el destino se lo quitó cuando menos lo esperaba. No hay hombre que lo supere, el actual ni siquiera es una sombra a lo que fue el primero, ese de quien le quedaron dos hijos, a quienes dedica todo su tiempo y su amor. El espejo, fiel reproductor de las alegrías y los quebrantos extremos de los que osan colocarse delante suyo, era mudo testigo. Terminó el día y no hubo comunicación desde Honduras. Amaneció el día dos. Todo parecía normal, excepto que en el fondo se adherían más dudas. ¿Cómo es posible que ni un beso le haya dado…? Para un partido como ese yo no hubiera perdido el tiempo y, quizá, mi madre tampoco. El problema es él… ¿problema? No. Pura tontería. ¿Será simple respeto?… Yo hubiera ido más adelante, es que lo merece… pero las finezas que había demostrado echaban al suelo toda teoría mal intencionada. Es muy varonil, y tiene ese porte que lo hace distinto, distinguido y especial. Estos hombres ya no se ven. La mayoría no le pone corazón a la relación y de primas a primeras quieren ir a acostarse con una _decía_ a modo de consuelo, o quizá alejando inconscientemente, algo que habría de suceder. Sus dudas eran tantas que no era sano cargarlas a solas. Las confesó a una tercera persona y ésta sin titubeos no observó nada anormal. Es cuestión de tiempo. Hay otros que entran con esa actitud y después sacan las garras. No te preocupes. Después, seguramente tu madre ya no soportará los besos y las caricias y todo eso… tú me entiendes… Anocheció y pocas gentes se dieron cuenta que el manto de estrellas era más grande y bello al que hubo días atrás. El hambre de la noche se comió una porción de la luna por eso su luz era difusa. Sin embargo, el paisaje era hermoso…Su hija tuvo el sueño más reparador. Pero allá en Honduras asomaba un presentimiento que no necesitaba alumbrarse con el séptimo sentido femenino. La cáscara de la fruta mostraba crudamente su cáncer. Hasta entonces su madre entendió por qué no había habido besos, caricias y lecho. Deseaba y ese postergar casi rompió la ilusión desde el primer día de luna de miel, pero él supo guardarse con mágica habilidad el secreto. La hora habría de llegar, de eso estaba seguro. Ella, enamorada pero no ciega, intuía un no sé qué. Todo intento por iniciar el flirteo acababa con una frase trivial:
_¡Espera, esta no es la hora adecuada! Si acechaba con su boca volteaba a otro lado e iniciaba una plática cualquiera. El objetivo era desviar la atención, hacer más larga la agonía. Las precauciones eran extremas, no permitía un roce de labios y el temor a sangrar le daba pavor. Pretextos… ¿Por qué?… Me rechaza, no me ama pero entonces ¿por qué estamos aquí?…No supo responderse. Sin embargo ideó una versión de que no le gustaba ir a prisa, que todo se cumpliría a su tiempo. La cortejó, le lanzó más de un piropo, elogió con un lenguaje delicado su cintura, le dijo que lo volvía loco sus labios, sus ojos y la forma de enarcar las cejas. Le echó una mirada a sus pechos y sus nalgas, las vio apetecibles. Al principio le creyó pero después le pareció extraño tanto rechazo. Ella pensó: Ya somos adultos, ya sabemos lo que queremos y porqué queremos.
_¡Yo quiero esta noche…! Le susurró al oído cuando estaban por dar las ocho pero… un sudor lo inundaba en la frente, las manos se le pusieron temblorosas, la serenidad del hombre refinado y apuesto se ausentó y la máscara se desvaneció súbitamente. Logró desprenderse la ropa y ella también. Ya dispuestos para el acto quiso dilatar el tiempo, pero no había vuelta atrás. Con valentía lo encaró y preguntó por qué no iniciaba…. Él tuvo la hombría de negarse y relatarle que no podía. Que lo perdonara, que no había podido decírselo en otro momento, el intento se volvió dramático cuando las fuerzas sólo servían para decir:
_¡Perdóname! ¡Perdóname! ¡Perdóname!…
_Pero qué quieres que te perdone, no has hecho nada grave hasta hoy… me pareces el hombre que busco…
_¡Es que no puedo!… Por un instante lo abandonó su fortaleza y se quebró en llanto. Te amo demasiado para negarte esta verdad…
_¿¡Qué quieres decir!?… le reprochó, al momento que lo tomaba de los brazos y lo sacudía con violencia. Yo no sabía, me hice el examen hace dos meses y ha dado posit… le interrumpió para preguntar:
_¡de qué me hablas!… ¡soy portador del VIH!… El rostro feliz de ella se desdibujó. Qué pensamientos la invadieron nadie sabe, nadie sabe tampoco la última frase que se cruzaron ni la mirada que se dirigieron. Nadie sabe tampoco la hora fatal en que emprendió el viaje de nuevo a El Salvador. A buen amanecer de aquel martes, fue sorpresivo su retorno…
_¡Mamá…! _fue la expresión de su hija. ¿Qué haces tan temprano aquí? Apenas la vio se fue de largo con la mirada cabizbaja tratando de hallar una respuesta que no podía darle.
_¿¡Qué pasó!?..
_¡Nada!_ dijo con una congoja en el rostro. Tomó el teléfono y llamó con incertidumbre al caballero.
_¿Qué le ha hecho a mi mamá? _le increpó con dureza. Un sollozo se escuchó al otro lado de la línea.
_¡Perdóneme usted también!
_Pero… ¿qué pasa?…
_Es que… es que… yo soy portador del SIDA… Sus palabras fueron devastadoras, su hija no daba crédito a lo que acababa de escuchar.