Atlético de Madrid 3 Alaves 0

Si en el fútbol los goles determinan la profundidad de las victorias, en la realidad paralela que rodea el mundo del balón la cantidad siempre entra en contradicción con la calidad.

Es por eso por lo que si el Atlético logró golear al Alavés porque es lo que refleja el marcador, tres goles son cantidad suficiente para semejante consideración, la realidad es que la calidad del encuentro no alcanzó cotas sobresalientes.

Con el pijama del pragmatismo puesto encima, los rojiblancos firmaron una victoria tan merecida como exagerada, exprimida a partir de una mejor gestión de las oportunidades, del buen hacer de sus mejores futbolistas y sostenida por ese colchón de seguridad sobre el que pocos equipos han aprendido a descansar mejor que el de Simeone.

Se agarraron los rojiblancos a su versión más efectiva, repitiendo en el centro del campo del Atlético de la dupla Rodrigo-Thomas evidencia una concepción ya asimilada por Simeone e interiorizada en un sistema de juego que se define por parejas. Ambos ejercen de barrera defensiva, y al mismo tiempo garantizan una salida limpia de balón, primordial para que el desde ese punto concreto todo lo demás fluya con normalidad. La capacidad de penetración de los volantes está directamente condicionada a la solidez de su retaguardia, pues no hay carrera hacia adelante si queda ropa por guardar.

El Alavés intentó romper esa vía con la intermediación de futbolistas no diseñados específicamente para la batalla física. Ibai, poco brioso en el cuerpo a cuerpo, es en cambio un valor interesante a la hora de generar dudas en cuanto a quién debe marcarle. Mientras Manu, Pina y Wakaso trataban de esquivar los peajes, a Ibai solo le interesaba llegar hasta Calleri, auténtico náufrago en el ataque del Alavés, custodiado por un Savic poco dado a la conversación. De hecho, las primeras palabras que se dedicaron mutuamente las pronunciaron a golpes, pues ya se sabe que toda afrenta por pequeña e insignificante que sea en el fútbol debe ser ajusticiada. Semejante entusiasmo en marcar territorio deparó cuatro tarjetas en tan solo 20 minutos, dando al partido un tono osco, oscuro, en el que rara vez se iluminaba una luz al final del túne